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Mons. Pedro Daniel Martinez Perea

Obispado de San Luis

 

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Resurrección

Reflexión de monseñor Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis (29 de abril de 2010) 

La Semana Santa finaliza con el hecho más portentoso de la historia de la humanidad: la Resurrección del Señor. Esto es ocasión de hacerles llegar mi deseo de que la Pascua de Resurrección les otorgue abundantes gracias y bendiciones. Tan importante es el Misterio que celebramos que “si Cristo no resucitó, vana es nuestra Fe”. En efecto, sin resurrección toda vida termina con la muerte. 

En general en el mundo se vive como si todo terminara con la muerte. Se enseña a gozar aquello que ofrece cada día sin limitaciones. Si todo terminara con la muerte, no tendría sentido el esfuerzo personal ni la superación moral. San Pablo les decía a sus fieles que si fuera así, si no hubiera vida eterna, se viviría según la máxima de los paganos: “comamos y bebamos, total mañana moriremos”. Por el contrario, Dios nos ha revelado y lo profesamos en el Credo que existe la vida eterna, que después de la muerte está la eternidad: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. 

Por ello, el Misterio de la Resurrección de Cristo nos invita a vivir en este mundo de un modo nuevo. Es decir, asumiendo nuestros quehaceres cotidianos pero sabiendo que la “figura de este mundo pasa” ya que es sólo un caminar hacia la vida eterna y definitiva. 

No tengamos miedo ante las dificultades que se nos puedan presentar. Recordemos que los mismos apóstoles que vivieron con miedo la Pasión fueron testigos de algo portentoso: la Resurrección de Cristo. Estuvieron tan seguros de este hecho sobre-natural que prefirieron morir, antes que negar lo que vieron. Hoy mismo, muchos cristianos padecen persecución y también ellos prefieren morir antes que traicionar su fe. Fe que se ha mantenido incorrupta, en la Iglesia católica, a lo largo de dos mil años, a pesar de las debilidades de los cristianos y hasta de sus propios ministros. 

La Resurrección afirma que la muerte no es el fin sino el comienzo. Desde la encarnación del Hijo de Dios, hasta su gloriosa ascensión a los cielos, todo es sobre-natural. La Resurrección de Cristo es la victoria sobre la muerte: Su victoria es nuestra victoria. “Dónde está muerte tu victoria, dónde tu aguijón” (1 Cor 15, 55). La Resurrección nos llena de alegría y nos inunda de esperanza, pues implica nuestra victoria frente al más temible enemigo: la muerte (la propia y la de las personas que amamos). 

Esta celebración tiene la mayor trascendencia porque todo lo sobre-natural en que creemos, se afirma en la Resurrección del Señor quien nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá” (Jn 11,25). Vivamos en este mundo, pero no según los criterios de este mundo. Estamos en ese mundo, pero no somos de este mundo. 

Que la felicidad sobre-natural que fluye cada año de esta Solemnidad de la Resurrección de Cristo nos estimule también a ser testigos de alegría en nuestros hogares y en un mundo tan lleno de tristezas e injusticias. Feliz Pascua! Que Dios me los bendiga a todos. (SDAM) 

Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis 

San Luis, 29 de abril de 2011.


 

Mensaje de los obispos de la diócesis de San Luis a todo el pueblo de San Luis y de la Patria

Dirigimos este mensaje a todos los fieles católicos, y a todo el pueblo de San Luis y de la Patria. Nos dirigimos así a los fieles de los cultos evangélicos, con quienes nos hemos unido ante los mismos desafíos. Nos dirigimos a los fieles de los restantes cultos, y también a quienes sin profesar ningún culto, creen en la realidad de la naturaleza humana y en la defensa de sus derechos. 

I). Hoy, es urgente defender los derechos de los niños. Ellos, por su naturaleza humana, tienen como derecho primero y fundamental el derecho a nacer, el dere­cho a la vida. Si eso se les niega, pierden todos los demás derechos. Si un niño indefenso e inocente es asesinado antes de nacer, sufre la más terrible e injusta de las discriminaciones. Se le niega todo. 

Cuando se rechaza esta verdad, evidente para la inteligencia que caracteriza a nuestra naturaleza humana, se construye una sociedad inhumana. Frente a la cultura de la vida, se elige la cultura de la muerte. Se elige la cultura de la promoción legal del aborto. 

Se intenta justificar esa cultura mortífera, invocando el peligro de los abortos clandestinos. No hay cifras seguras pero se estima que podría llegar a morir una madre cada cuatro mil abortos clandestinos[1]. Pero la absurda “solución” es asesinar a esos cuatro mil niños, con cuidados médicos seguros, legales y gratuitos a sus madres, para que no sufran peligro. 

Por supuesto, no se utilizará la chocante palabra “asesinar”. Se dirá que solo se trata de una “interrupción del embarazo”. Pero serán vidas definitivamente interrumpidas. 

Otro subterfugio es presentar este tema -no como una cuestión de vida o muerte en que podrían llegar a alterarse básicos principios constitucionales- sino como un mero trámite burocrático en que por una interpretación “amplia” del Código Penal, se daría curso a una Guía Ministerial de máximo permisivismo abortista. Por ahora, la conciencia del principal responsable lo ha impedido. 

No es posible creer que en sociedades modernas y desarrolladas no existan posibilidades legales para un trámite de justa y rápida adopción. Ni tampoco, que se carezca de posibilidades para brindar a esas madres el apoyo social, económico, psicológico, moral y espiritual que necesitan, para no ser cómplices de la muerte de sus hijos. Todo eso es posible. Pero es rechazado por el terrible desprecio discriminatorio hacia el niño por nacer. 

II). Iniciando el camino de esa injusta discriminación contra el niño, una escasa mayoría de legisladores argentinos -mayoría obtenida a través de intensas presiones- ha aprobado una injusta ley sobre la cual nuestro pueblo no fue consultado en las plataformas electorales previas, ni tampoco después. Nos referimos a la ley por la cual las uniones del mismo sexo han pasado a considerarse idénticas a las uniones matrimoniales del varón y la mujer. Es una ley contraria a la realidad de la naturaleza humana, que sólo puede realizarse en una verdadera familia, a través de la diferencia y la complementariedad de la unión entre los dos sexos. Si no hubiera sido siempre así, habría dejado de existir la especie humana. 

Se pretendió que de esa manera se superaba una discriminación, cuando solo se estaba negando la realidad. Sobre esa base falsa se perpetraron entonces injustas discriminaciones. 

Así, se discriminó injustamente al niño, negándole su derecho natural a tener un papá y una mamá, sostén natural indispensable para que tanto los varones como las nenas puedan desarrollarse normalmente en su propia identidad sexual. 

Las consecuencias negativas de la ley alcanzarán su mayor gravedad en todo el ciclo escolar, inicial, primario y secundario. Allí se ha planificado que todos los alumnos se inicien en la llamada “perspectiva de género”, de un modo que inevitablemente los inducirá a cuestionarse la identidad sexual de la cual en su inmensa mayoría se sienten naturalmente seguros. Dicha inmensa mayoría habrá sufrido y sufrirá, entonces, una injusta discriminación. No se respetarán sus derechos a ser sostenidos en esa natural identidad sexual. 

Hoy, los activistas que promueven la cultura del aborto en la Argentina, son los mismos, o están estrechamente coordinados, con los que promovieron el matrimonio homosexual, y procuran extender sus efectos a toda la sociedad en lo educativo y cultural. 

Se trata de un proyecto globalizado, cuyo núcleo central se vincula indudablemente a sectores de las Naciones Unidas. En nombre de la lucha contra la discriminación, despliegan la discriminación más activa e injusta contra quienes creen que Dios es “fuente de toda razón y justicia”, y viven sostenidos por esa fe. 

La Iglesia confía en que Cristo seguirá guiándola e iluminándola, para que comprenda en la esperanza estos signos de los tiempos, y sin desanimarse nunca transmita el testimonio de la verdad en el amor, que es su misión. 

San Luis, 25 de agosto de 2010, Solemnidad de San Luis Rey 

Mons. Jorge Luis Lona, obispo de San Luis 

Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo coadjutor de San Luis 


 

Mensaje Cuaresmal

Mensaje cuaresmal de Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis (2 de abril de 2011) 

La Cuaresma es un tiempo durante el cual los cristianos 'revivimos' litúrgicamente la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Comienza con el Miércoles de Ceniza y culmina con el Triduo Pascual y la Solemnidad de la Resurrección. El número 40 (de allí cuaresma) hace referencia a los 40 años del pueblo de Israel en el Desierto, a los 40 días de la exploración de Jericó, a los 40 días que pasó el Profeta Elías en la gruta y a los 40 días que Jesucristo, llevado por el Espíritu Santo, pasó en el desierto. 

Se trata de un tiempo de conversión, de cambio interior para prepararnos adecuadamente para la Solemnidad de la Pascua. Por ello, los ornamentos litúrgicos son de color morado. Tiempo de interioridad: mirar mi vida como la ve Dios, no como la ve el mundo. ¿Así como estoy viviendo ahora... es una vida según la ley de Dios? ¿Señor estás contento con mi vida? Hablar con Dios... eso es rezar. Dedicar un tiempo para estar con Dios. Él tiene tanto que decirme. Él me quiere escuchar. Él me espera. Tiempo de arrepentirme de mis pecados y de confesarme: tomar conciencia que el pecado es algo grave. Es una ofensa a Dios. Es algo teológico. Preparar una buena y santa confesión. 

La Iglesia nos manda confesar, por lo menos, una vez al año especialmente durante este tiempo. Arrepentimiento de corazón. Cuando nos confesamos se da un encuentro en donde los ángeles de alegran: encuentro entre la Misericordia de Dios y mi miseria. Tiempo de penitencia y sacrificio: hacer sacrificio significa “hacer algo sagrado” (sacrum-facere). Realizar u obrar algo que nos cuesta por amor a Dios. Al ofrecer a Dios la lucha interior para superar nuestras malas inclinaciones estamos haciendo algo sagrado. 

En el ofertorio de la Santa Misa también ofreceré mis 'sacrificios' unidos al Sacrificio redentor de Cristo Nuestro Señor. Tiempo de perdón y caridad: como Dios ha perdonado nuestros pecados también nosotros perdonemos de corazón a los que nos ofenden o nos han hecho o hacen el mal. Él, siendo inocente, sufrió por nuestros pecados para que podamos ser perdonados, así también nosotros perdonemos por un motivo y razón sobrenatural. La grandeza de un corazón se mide por la capacidad de perdonar. Es el tiempo de hacer las obras de caridad (espirituales y materiales) en favor de nuestros hermanos. 

Queridos fieles, vivamos la Cuaresma de un modo nuevo, verdadero, interior y generoso. Pidamos a Dios perdón por nuestras faltas personales. Hagamos penitencia por las ofensas hechas a Él y a su Iglesia. Reparemos en nombre de todo San Luis. ¡Que Dios tenga piedad y nos bendiga! Que Nuestra Señora de los Dolores nos proteja y acompañe en esta Cuaresma. 

Obremos como nos enseña el Santo Padre en un párrafo de su último Mensaje de Cuaresma: “…El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.” 

Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis 

San Luis, 2 de abril de 2011.


 

Ocho angelitos llegaron ayer al cielo

Homilía de monseñor Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis, en la misa luego el trágico accidente en la localidad de Las Zanjitas (Iglesia catedral, 3 de noviembre de 2011) 

Luz María, Julieta, Daira Rocío, Paula Lucía, Iara Melina, Virginia, Yesica Sabrina y Salomené 

San Luis acaba de vivir –y todavía sigue viviendo– una de las jornadas más dolorosas de su historia. Niñas inocentes y su vicedirectora partieron llevando ayuda a niños necesitados de una zona humilde. 

En el camino las sorprendió la muerte... pero llegaron a las mismas puertas del Cielo con las manos llenas! Cada una quería vivir el Evangelio: anunciar a los demás la 'Buena noticia'. Para ello se prepararon con un retiro la tarde anterior, con adoración al Santísimo Sacramento, Santo Rosario... 

Y cada una de ellas estaba en camino, pero ofrendaron más que eso... sus propias vidas! Sin saberlo, tomaron esa mañana el camino que las llevó en el punto en donde se encuentra lo terreno con la eternidad. Se fueron entre cantos, rezos y sana alegría. Sin darse cuenta que partían... para siempre. 

La respuesta de los puntanos fue unánime: desde el Señor Gobernador, sus Ministros, San Luis Solidario, Bomberos, Policía, el Policlínico, etc..., hasta la Presidencia de la Nación y el gobierno de San Juan, el hospital Notti de Mendoza y el Hospital Garrahan de Buenos Aires, hasta el más humilde de los puntanos, todos unidos como uno solo, ofreciendo su desinteresada ayuda. San Luis se mostró a todos como una Gran Familia. 

Esto demuestra que es cierto que las tragedias sale a la luz lo más noble de cada uno de nosotros: sentirse hermano del que sufre. O sea, la característica del amor cristiano que, en la gracia, es el amor de caridad sincero y sin límites por el prójimo. 

Seguramente sintieron los padres el orgullo de saber que su pequeña, esa mañana iba a llevar ayuda a otros niños del pueblo de Cazadores. 

En un momento, en un instante la tragedia arrebató las vidas de Luz María, Julieta, Daira Rocío, Paula Lucía, Iara Melina, Virginia, Yesica Sabrina y Salomené. Hoy el colegio Santa María está de duelo, como lo está todo el pueblo puntano. Ante semejante pérdida de niñas que recién asomaban a la vida, nos unimos a sus familiares y elevamos nuestras humildes oraciones para que Dios los consuele. 

Como cristianos creemos que la muerte no es el fin sino el comienzo de la vida eterna: quienes ayer partieron hoy descansan en paz porque estas niñas –junto a su vicedirectora– llegaron al cielo con sus manos llenas para los más necesitados y ésa fue su última acción. Llevaban en sí la misión de trasmitir la fe a otros, en sus manos un escrito y caramelos para entregar. Pero... no lo dieron personalmente a ellos sino al mismo Jesucristo. “Señor –preguntaron los discípulos– ¿cuándo te vimos hambriento o sediento y te dimos de comer o beber? […] Cada vez que lo hicísteis con el más pequeño a mí me lo hiciste” respondió Jesucristo. Y concluyó: “Venid benditos de mi Padre al Reino eterno”. Por eso, hoy ya son ángeles que interceden por su padres y por nosotros. Por San Luis. 

¿Qué nos quiere decir Dios con este acontecimiento que vivimos? La vida no termina aquí. Seguramente será para un bien para San Luis. Para el Colegio Santa María. 

La muerte siempre nos enfrenta a un misterio y dolor insondables. Jesús lloró por la muerte de su amigo Lázaro y... nosotros quisiéramos tener el poder de hacer milagros para que volvieran a la vida quienes encontraron un fin tan trágico e inesperado. 

No hay palabras para consolar a una madre que despidió como todos los días a su hija que, sin saberlo, no volvería a verla. En esos momentos como Cristo en la Cruz, nace en cada padre o madre un grito un gemido de su alma: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Pero también como Cristo después de su muerte llegará la resurrección y la paz. Como a cada noche sucede un amanecer, a pesar de las tinieblas que hoy envuelven a los corazones de los que sufren, Jesús les pide: carguen conmigo su cruz y yo la haré más ligera. “Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. 

El dolor es un misterio difícil de entender y más difícil de vivir. Es un misterio. La muerte es natural en los ancianos y no deja de ser traumática cuando acontece a jóvenes y niños. Nuestro entendimiento es muy limitado y no tiene explicaciones. Sólo en la fe contemplamos el misterio de la muerte en Cristo y, por ello, nos sostiene en los momentos más tristes. 

Unamos nuestras oraciones y espiritualmente nuestras manos como hermanos cuando recitemos el Padre nuestro. Sintámonos unidos todo el pueblo de San Luis, porque en el dolor se unen con sinceridad los corazones. Porque en el dolor no caben las mezquindades ni diferencias. 

Que la Virgen María conforte y de la suavidad del consuelo a los padres y hermanos. Ella sabe del dolor. Estaba de pie al pie de la cruz de su Hijo. Que intercedan estos nuevos angelitos. Alguna de las niñas tenía aún entre sus dedos el Santo Rosario. Rosario que, con sus Aves Marías, rezaban: “ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”... Qué Misterio! Fue la Virgen María que en el momento de sus muerte terminó Ella misma el Ave María... rezó Ella en ese momento. 

El Padre llamó ayer a ocho angelitos al cielo. Fue al mediodía... casi con la campana de salida de la escuela, pero esta vez Dios Padre la hizo sonar para que vivieran junto a El un 'recreo' eterno, en la bienaventuranza eterna. 

Luz María, Julieta, Daira Rocío, Paula Lucía, Iara Melina, Virginia, Yesica Sabrina y Salomené: ¡Recen, intercedan por San Luis y por nosotros! Descansen en paz. Así sea. 

Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis


 

Navidad 2011: "Gloria a Dios en el Cielo"

Mensaje de Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis, para la Navidad 2011 

En estos días nos saludaremos de un modo particular, como lo solemos hacer una vez al año ¡Nos deseamos Feliz Navidad! Lo deseamos a los demás y lo anhelamos para nosotros. Queremos decir con ello que el nacimiento del Hijo de Dios nos haga felices, alegres y nos de la paz. Incluso los mismos ángeles lo afirman: "paz a los hombres". 

¿Nos damos cuenta de la profundidad de estos deseos?¿Por qué Feliz Navidad? La Navidad nos encandila con su misteriosa luminosidad: ¡Qué Dios se haga hombre! ¡Qué el Creador se haga creatura! ¡Qué, en el pesebre, la Palabra eterna de Dios apenas pueda balbucir algo! ¡Qué el Eterno se haga 'tiempo'! Y todo esto sin dejar de ser Dios, ni Creador, ni Palabra eterna de Dios. Porque el Niño Jesús es la "imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación" (Col 1, 15) y es el resplandor de la gloria de Dios Padre e "impronta de su substancia" (Hebr 1, 3). 

Ante la rebelde soberbia del hombre que pretendió hacerse como Dios (pecado original) Dios se hace hombre, el Emmanuel (Encarnación y nacimiento) para que el hombre pueda participar de la vida divina y llegar a la bienaventuranza eterna. Es decir que sin ningún motivo de nuestra parte Dios quiere abajarse para levantarnos, como un padre se abaja para tomar en sus brazos a su niño pequeño. Por ello el Niño Jesús nos está anunciando el amor de Dios Padre y su inmensa misericordia por nosotros. Con el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre en el portal de Belén comienza el camino cierto de nuestra Redención, y... tan importante es esta Solemnidad que ha dividido la historia de la humanidad en antes y después; antes de Cristo y después de Cristo. ¡Navidad 2011 años después del nacimiento de Cristo! 

Al desear Feliz Navidad estamos afirmando este gran Misterio. Como hicieron los ángeles: "gloria a Dios en el cielo". Es decir, reconocemos la obra de Dios. Y solo entonces "paz a los hombres". Primero dar gloria a Dios (reconocer que existe y que es remunerador para los que lo buscan, vivir según la ley natural y cumplir sus mandamientos) y por ello "paz a los hombres". 

Abramos las puertas de nuestro corazón para que nazca nuestro Salvador y nos dé su paz. Cuando nació en Belén 'no había lugar en el albergue para él'. Invitemos al Niño Jesús y digámosle que nosotros y nuestros hogares tienen un lugar para Él. Que la vida política y económica abra las puertas a Dios, es decir reconociendo que el mismo Creador no impide la libertad de su creatura, sino que la hace más libre aún. Con San Luis demos gloria a Dios en esta Navidad y Dios bendecirá a San Luis con su paz. 

Que esta Navidad nos conceda la paz a todos, especialmente a quienes más la necesitan. Pidamos al Niño Jesús que bendiga nuestras familias y a los niños. Que los "ocho angelitos de San Luis" se unan al coro de los ángeles en la gruta de Belén e intercedan por nosotros. Les deseo a todos una muy ¡Feliz Navidad!, con mi bendición. 

Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis


 

Caminar teniendo como horizonte la vida y no la muerte

Mensaje de Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis, para la Pascua 2012 

El Misterio de la Resurrección de Cristo lo profesamos en el credo, pues después de su crucifixión, muerte y sepultura, confesamos que “resucitó al tercer día”. Misterio que nos llena de paz y de alegría. 

¡Aleluya! ¡Cristo ha Resucitado! De este modo los cristianos expresamos la realidad que celebramos. Por ello exultamos de alegría, como así lo hemos cantado y rezado en el Himno de la Vigilia Pascual, madre de todas las vigilias. El exultet (se llama exultet por la palabra latina del inicio del Pregón Pascual que, en español, se lee como exulte / alégrese) hace referencia a como una ‘explosión’ de alegría por la grandeza del Misterio, por las consecuencias de la Resurrección en toda la creación. 

Así se ha cantado el Sábado Santo: “Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación. / Alégrese también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. / Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante [...] ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! / Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! / ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!”. 

Motivo de alegría y de paz, pues “si Cristo no resucitó vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 14). Ahora bien Cristo resucitó por lo tanto nuestra fe es segura. Y nosotros resucitaremos con El. La fe cristiana es fe en vida y en la vida eterna, porque Jesucristo está vivo. Lo creemos como nuestro Redentor. “Creemos en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. Por ello, creer en la Resurrección es caminar teniendo como horizonte la vida y no la muerte. Favorecer la vida desde su inicio. Defenderla, darle sentido, ya que en Cristo tenemos la Vida verdadera: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25). 

La Pascua, solicita de nosotros un acto de fe. No es algo subjetivo, como inventado por nosotros. Los Apóstoles no inventaron, desde su subjetividad, la Resurrección de Cristo. Tanto es verdad, que ni si quiera se dieron cuenta que el Maestro resucitado caminaba con ellos. Sólo lo reconocieron cuando Él mismo se les reveló, iluminando sus inteligencias para que entendieran las Sagradas Escrituras. Lo mismo les había sucedido a las piadosas mujeres al escuchar de voz del ángel “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24). Que Él mismo nos revele el alcance profundo de los Misterios pascuales. 

El misterio de la Resurrección de Cristo debe transformar nuestra vida. Como no es vana nuestra fe, entonces todo adquiere un sentido nuevo. Tenemos que vivir en este mundo, como realmente vivimos: de paso, no tenemos una morada permanente aquí en ésta vida. Si estamos de paso, vivamos como quien camina hacia la patria definitiva. “Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra (Col 3, 1-2). Vivimos sí en este mundo, pero no según los criterios de este mundo. Mi trabajo, las ocupaciones del hogar, los estudios, mis relaciones con los amigos, mi oración, etc... ¿las realizo como quien está de paso y buscando los bienes del cielo? 

Por otra parte, el misterio de la Resurrección de Cristo también significa un compromiso de testimonio cristiano. Los Apóstoles una vez fortalecidos por la Resurrección del Señor predicaron con su ejemplo (hasta dar la vida) la nueva vida cristiana entre los suyos. Así nosotros, viviendo este Misterio demos testimonio cristiano, de padres, hermanos, amigos, compañeros. 

Que la Solemnidad de la Resurrección de Cristo nos fortalezca, consuele y llene de alegría en nuestro cotidiano testimonio cristianos. Que Dios me los bendiga a todos. ¡Feliz Pascua! 

Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis


 

El hombre a imagen y semejanza de Dios

Carta pastoral de Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis sobre la vida (8 de mayo de 2012) 

Con la presente Carta Pastoral me dirijo a Ustedes, mis queridos fieles de San Luis, y a todos los hombres de buena voluntad con ocasión de los presentes debates suscitados a raíz de posibles promulgaciones de leyes contrarias a la vida del ser humano. Ante la duda y confusión que podrían tener al respecto, es mi deber como Obispo trasmitirles la enseñanza tradicional de la Iglesia acerca de la vida del hombre, como don de Dios. Les escribo esta Carta Pastoral movido por la caridad de Cristo, la caridad de la verdad y la verdad de la caridad. Veritas in caritate, es el lema de mi Escudo episcopal. 

La vida es algo sumamente delicado, importante y fundamental, para todos los hombres y especialmente para los cristianos. Pues la Revelación divina afirma que el hombre ‘es creado a imagen y semejanza de Dios’ para un destino de vida plena y perfecta, de allí su dignidad (cfr. Gn 1, 26-28; 9. 5-6). La vida tiene un valor sagrado, incluso cuando se viva en circunstancias difíciles. Importante y fundamental también porque se refiere al primero de los derechos de cada ser humano: a la vida. Finalmente, importante y fundamental para nosotros en San Luis porque esta realidad se encuentra hondamente enraizada en nuestras convicciones y modo de vida. 

I. La vida del hombre 

1. Dios forma, plasma y conoce a cada hombre desde el seno materno (cfr. Jr 1, 5; Job 10, 8-12; Sal 22, 10-11). Incluso “lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está ya escrita en el «libro de la vida» (cfr. Sal 139 / 138, 1. 13-16)” (Beato Juan Pablo II, Encíclica, Evangelium vitae (25.III.1995), n. 61). La Iglesia afirma que la vida humana es sagrada y permanece siempre en una radical relación con su Creador y Redentor, su fin último. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo y es Él mismo quien la volverá a tomar (Cfr. Gn 2, 7; Sab 15, 11). 

Hemos sido creados para la felicidad y vivir en comunión con Dios eternamente: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). Hemos sido creados para ‘ver a Dios’! 

2. La Iglesia y también la biología humana, al afirmar la vida humana desde su inicio, reconocen que “en el cigoto resultante de la fecundación está ya constituida la identidad biológica” de un nuevo ser humano, irrepetible y por ello “debe ser respetado y tratado como persona [...] y [...] se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable a la vida de todo ser humano inocente” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción, Donum vitae (22.II.1987), I, 1). 

Es decir, que el ser humano desde sus primeros instantes de vida, no se puede reducir a un simple conjunto de células. Precisamente porque el “cuerpo embrionario se desarrolla progresivamente según un “programa” bien definido y con un fin propio, que se manifiesta con el nacimiento de cada niño” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción, Dignitas personae (8.IX.2008), n. 4). Se trata ya de una vida nueva que es distinta de la vida de la madre y del padre. Es un ser humano que se desarrolla por sí mismo (Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre el aborto provocado (18.XI.1974), n. 12). 

En esta verdad de carácter metafísico y fundante del ser humano se está afirmando que a través de toda su vida (antes y después del nacimiento) no experimenta “ni un cambio de naturaleza ni una gradación de valor moral [...]. El embrión humano, por lo tanto, tiene desde el principio la dignidad de la persona humana” (Dignitas personae, n. 5). 

Por ello, el Magisterio de la Iglesia Católica siempre ha intervenido en “defensa del carácter sagrado e inviolable de la vida humana”, en todos los momentos: desde su inicio que precede al nacimiento hasta su término natural. El embrión humano no es un ser humano en potencia sino que ya lo es realmente. 

Las consideraciones que a continuación desarrollo en torno de la vida y del aborto expresan las enseñanzas de la Iglesia. Éstas manifiestan también tanto la consonancia con el orden y ley naturales como con las más serias investigaciones científicas. Al respecto, la Iglesia, como sostiene la Congregación para la Doctrina Fe, ha tenido siempre presente “los aspectos científicos correspondientes, aprovechando los estudios llevados a cabo por la Pontificia Academia para la Vida y las aportaciones de un gran número de expertos, para con¬frontarlos con los principios de la antropología cristiana” (Dignitas personae, n. 3). 

II. El aborto y la enseñanza de la Iglesia católica 

3. El aborto, contrario a la vida del hombre, “es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento” (Evangelium vitae, n. 58). Asimismo, el aborto directo, intentado como fin o como medio, es un desorden moral particularmente grave, porque elimina deliberadamente un ser humano inocente. 

El origen de la violencia contra la vida, lo leemos en los primeros momentos de la creación cuando “Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató” (Gn 4, 8). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cfr. Gn 3, 1. 4-5), que es homicida y mentiroso desde el principio (Jn 8, 44), y por el pecado de Adán y Eva (cfr. Gn 2, 17; 3, 17-19). 

La propagación del pecado, de la violencia y rebeldía contra Dios, fueron la causa del castigo purificador del diluvio. Sin embargo Dios hizo Alianza con toda la humanidad ‘recreándola’, en los mismos términos del inicio de la historia de la creación, y condenando a quien “vertiere sangre de hombre [...], porque a imagen de Dios hizo El al hombre” (Cfr. Gn 9, 5-10). 

La Ley de Dios, relativa a la inviolabilidad de la vida humana y a no quitar la vida del inocente, se manifiesta explícitamente en los diez mandamientos en el monte Sinaí al prohibir el homicidio: “no matarás” (Ex 20, 13) y “no quites la vida del inocente y justo” (Ex 23, 7). Confirmada por el mismo Jesucristo en el Nuevo Testamento (Mt 5, 21-22; 19, 18). 

La violencia homicida es contraria al mandamiento nuevo de Jesucristo. Quien nos enseñó a amarnos los unos a los otros como Él nos amó (cfr. Jn 15, 12). Y san Juan nos lo reafirma: “Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín, que siendo del maligno, mató a su hermano” (1 Jn 3, 11-12). “Así, esta muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de cómo el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre” (Evangelium vitae, n. 8). 

4. Observamos ya en el Antiguo Testamento cómo las parteras de Israel se opusieron a las órdenes injustas del Faraón, quien había ordenado matar a todo varón recién nacido: “si es niño hacedlo morir” (Ex 1, 16). “Pero las parteras temían a Dios, y no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños” (Ex 1, 17). Es decir, porque “temían a Dios” se opusieron a las amenazas contra la vida. 

Los primeros cristianos, tuvieron que afrontar las mismas dificultades que nosotros hoy. En efecto, cuando entraron en contacto con el mundo greco-romano, en donde era difundida la práctica del aborto y del infanticidio, se opusieron radicalmente a esa costumbre con su doctrina y costumbres cristianas. Así nos lo trasmite el primer documento después de la Sagrada Escritura: La Doctrina de los Doce Apóstoles [Didaché]. El que haya sido escrito en la segunda mitad del s. I tiene un enorme valor, pues nos muestra la vida interna de la Iglesia naciente. Allí leemos “no matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la vida al recién nacido [...]”. Por su parte Atenágoras (s. II), en su Defensa de los cristianos, nos refiere que los cristianos consideraban homicidas a las mujeres que tomaban medicinas para abortar. La Carta a Diogneto (s. II) nos tramite que los cristianos “procrean niños, pero no abandonan fetos”. 

Varios Concilios anteriores al año 1000 determinaron que la eliminación del niño por nacer es un gravísimo pecado y el Papa Esteban V (885-891) afirmaba que “es homicida quien hace perecer, por medio del aborto, lo que había sido concebido”. Santo Tomás de Aquino (+1274) (Doctor común de la Iglesia) sostiene que el aborto es contrario a la ley natural y es un pecado grave (cfr. In IV Sent., dist. 31, q. 2, art. 3, expositio textus; cfr. Super 1 Thim., cap. 5, lect., 2). El 24 de julio de 1895 el Santo Oficio decretó la ilicitud del aborto. 

Esta doctrina ha sido sostenida y reafirmada también por el Magisterio pontificio más reciente. Las pretendidas justificaciones del aborto fueron rechazadas por Pío XI (1922-1939) (cfr. Encíclica, Casti connubii, 31.XII.1930). En el mismo sentido se pronunció Pío XII (1939-1958) al excluir todo aborto directo, es decir, todo acto que tienda directamente a destruir la vida naciente o vida embrionaria. Tanto “si tal destrucción se entiende como fin o sólo como medio para el fin” (Discurso a la Unión médica italiana, 12.IX.1944). La sacralidad de la vida fue reafirmada por el beato Juan XXIII (1958-1963), pues “desde que aflora ella implica directamente la acción creadora de Dios” (Encíclica, Mater et Magistra, (15.V.1961), cap. III). El Concilio Vaticano II (1962-1965) condenó ‘con gran severidad’ el aborto, ya que “se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes abominables” (Gaudium et spes, n. 51). Pablo VI (1963-1978), refiriéndose a esta enseñanza de la Iglesia acerca del aborto, sostuvo en diversas ocasiones que la doctrina moral acerca del aborto “no ha cambiado, ya que es inmutable”. Considerando, por lo demás, a la llamada ‘liberación del aborto’ como una “plaga social” (Alocución, Salutiamo con paterna effusione, 9.XII.1972). 

El actual Catecismo de la Iglesia Católica claramente manifiesta que “desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral” (n. 2271). 

5. Estas afirmaciones de la Iglesia se fundan tanto en la ley impresa en el corazón de cada hombre (cfr. Rom 2, 14-15), en la misma ley natural, en la Palabra de Dios escrita y trasmitida por la Tradición de la Iglesia, como en las enseñanzas de su Magisterio ordinario y universal (Cfr. Evangelium vitae, n. 57). La enseñanza de la Iglesia, al respecto, es inmutable y no ha cambiado. 

Por eso, en ninguna circunstancia, nadie tiene el derecho a eliminar de modo directo a un ser humano inocente. Este es el contenido central de la Revelación divina y del Magisterio de la Iglesia católica sobre el ‘carácter sagrado e inviolable de la vida humana’. 

III. La normativa canónica de la Iglesia en relación con el aborto 

6. La Iglesia Católica, por ello, desde los primeros tiempos ha reafirmado esta doctrina también a través de sanciones disciplinares, manifestando la gravedad del aborto directamente intentado, tanto como fin o como medio (‘crimen abominable’), ya que es contrario a la ley de Dios y al derecho a la vida del ser más indefenso, como lo es el ser humano en el seno de su madre. El aborto es para la Iglesia uno de los pecados más graves. Matar “un ser humano, en el que está presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente grave” (Evangelium vitae, n. 55). 

La ley de la Iglesia católica actualmente vigente, y vinculante para todos los fieles católicos, sostiene que “incurre en excomunión latae sententiae quien procura el aborto, si éste se produce” (c. 1398). La excomunión afecta a todos los que cometen ese delito siempre que conozcan esta pena y tengan más de 16 años de edad, al momento de realizarlo. Se incluyen también aquellos cómplices sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido. El fiel cristiano que incurre en la pena de excomunión, hasta que no se le levante tal pena, se encuentra en una situación que no es compatible para recibir la comunión sacramental. 

Esta pena de la excomunión, en su aspecto medicinal, tiende a la conversión y no a la condena de quien ha incurrido en el delito del aborto. Pues tiene como fin hacer consciente al fiel cristiano de la gravedad del pecado cometido y arrepentirse bajo la mirada y el perdón misericordioso de Nuestro Señor Jesucristo quien padeció, murió y resucitó por nosotros. 

El amor de Dios inclina el corazón del fiel para que se convierta de su mala conducta y viva (cfr. Ez 18, 23; 33, 11) y, acordándose de la misericordia del Señor (cfr. Eclo 51,8), ore como el profeta Nehemías: “acuérdate de mí, Dios mío, y ten piedad de mí según tu gran misericordia!” (Neh 13, 22; cfr. Bar 2, 27). O como el Rey David: “Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve” (Sal 50, 9), porque “Si tienes en cuenta nuestra culpas, Señor ¿quién podrá resistir?” (Sal 129, 3). Tú, Señor, no desprecias un corazón contrito y humillado (cfr. Sal 50, 19). 

Dios no nos trata según nuestros pecados sino según su gran misericordia (cfr. 1 Mac 13, 46). Él es siempre fiel y nunca aparta su misericordia de nosotros (Cfr. Gn 39, 21; 2 Mac 6, 16; Dn 3, 35). Por ello, “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión (Lc 15, 7). 

7. En este contexto, el beato Juan Pablo II se dirigía a las mujeres con las siguientes palabras consoladoras: “Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor. Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre” (Evangelium vitae, n. 99). 

Otro argumento quedaría por considerar aún: los niños por nacer que han muerto sin el bautismo. Al respecto “la Iglesia -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica- sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cfr. 1 Tim 2, 4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis” (Mc 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo” (n. 1261). 

IV. Dios pedirá cuentas de la vida del hombre al hombre 

8. Toda ley que reivindicara el ‘derecho’ al aborto y pretendiera reconocerlo legalmente, sería concederle inicuamente a la libertad humana un poder absoluto sobre los demás y contra los demás hombres. Y esto sería posible cuando todo, incluso la ley, es fruto de consensos sin referencia al ser, a la verdad y al bien. En la actual cultura relativista todo es negociable, hasta el primero de los derechos fundamentales: el de la vida. La falsa tesis relativista rechaza la existencia de una norma moral que tenga sus raíces en la naturaleza del ser humano a la cual tenga que hacer referencia la misma concepción del hombre, del Bien Común y del Estado. 

La pérdida del sentido de Dios y del temor de Dios harían posible una ley del aborto. Sería el olvido (muchas veces voluntario) de la visión cristiana del hombre, de la sociedad y del mundo. Nunca será un ‘logro social’ o un fruto de vida la sanción de una ley semejante. 

¿Cómo se podría hablar de la dignidad del hombre, cuando los mismos hombres con sus leyes permiten matar al más débil e inocente? ¿Amparado y en nombre de cuál justicia se realiza la más injusta de las discriminaciones entre las personas, al legislar que algunos son dignos de ser defendidos y de vivir, mientras a otros se les niega tal derecho? 

“Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo -nos enseña el beato Juan Pablo II- podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia” (Evangelium vitae, n. 62). 

9. La posible promulgación de una ley por la que se intentara el aborto directo, como fin o como medio, de ninguna manera podría ser avalada por los católicos. Al respecto, es necesario recordar que la Iglesia siempre, desde sus orígenes, vivió en sus fieles el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cfr. Rom 13, 1-7, 1 Pe 2, 13-14). Sin embargo enseñó también firmemente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 5, 29). 

“En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, «ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto»” (Evangelium vitae, n. 73). 

Debemos estar dispuestos a dar la vida si fuera necesario. Porque si la vida del inocente es sagrada, mucho más sagrado es el principio moral que la custodia. Precisamente para no repetir la triste y trágica respuesta de Caín a Dios, quien le preguntó “Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?», «no lo sé: ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?», respondió Caín. Y el Señor le replicó: «¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano clama a mi desde el suelo»” (Gn 4, 9-10). 

Por estas razones, “Dios se hace juez severo de toda violación del mandamiento «no matarás», que está en la base de la convivencia social. Dios es el defensor del inocente (cfr. Gn 4, 9-15; Is 41, 14; Jr 50, 34; Sal 19 / 18, 15). También de este modo, Dios demuestra que «no se recrea en la destrucción de los vivientes» (Sab 1, 13). Sólo Satanás puede gozar con ella: por su envidia la muerte entró en el mundo (cfr. Sab 2, 24). Satanás, que es «homicida desde el principio», y también «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de vida” (Evangelium vitae, n. 53). “Dios no hizo la muerte” (Sab 1, 13). 

V.Magisterio de la Iglesia y Parlamentarios católicos 

10. La Iglesia católica al referirse concretamente a los fieles laicos que se encuentran comprometidos directamente en la vida legislativa de una Nación, afirma cuanto sigue: 

a). “tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana. Para ellos, como para todo católico, vale la imposibilidad de participar en campañas de opinión a favor de semejantes leyes, y a ninguno de ellos les está permitido apoyarlas con el propio voto”. 

b). “Esto no impide, como enseña Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium vitae a propósito del caso en que no fuera posible evitar o abrogar completamente una ley abortista en vigor o que está por ser sometida a votación, que «un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública»”. 

c). “En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (24.XI.2002), n. 4). 

El punto b). no es aplicable al caso del Fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación acerca del aborto no punible, del pasado mes de marzo, porque no tiene rango de ley para la Nación Argentina y no obliga a promulgar una ley provincial. 

El punto b). sí sería aplicable si ya existiera una ley promulgada al respecto y no fuera posible abrogarla o que está por ser sometida a votación. Tales situaciones no se han verificado aún. Y, aún este caso, siempre tendrá que quedar clara la posición del parlamentario contraria al aborto y a favor de la vida del niño por nacer. 

La ley civil podría renunciar a la aplicación del castigo debido por un delito. Es el caso del llamado ‘aborto no punible”. Esta afirmación suscita dos consideraciones, a saber: 1ª Que para la ley civil el aborto ‘es’, aún hoy, un delito; 2ª Que, si bien es un delito, no será castigado o no será punible. Pero aquello que no podría la ley civil es “declarar honesto lo que sea contrario al derecho natural, pues una tal posición basta para que una ley no sea ya ley” (Declaración sobre el aborto provocado, n. 21). 

VI.Algunos interrogantes y reflexiones 

Ante los temas expuestos y debatidos actualmente en la sociedad surgen algunos interrogantes que parecen más bien contradicciones. Las siguientes reflexiones quieren poner en evidencias las mismas. 

11. Un aspecto de fecundación artificial consiste en tener separadamente en un lugar apropiado al embrión humano. Precisamente porque a partir de él se intenta implantarlo para que se desarrolle y pueda tener un hijo la persona que se somete a tal tratamiento. Es decir, se reconoce que el embrión posee todas las cualidades para que de su normal desarrollo vea la luz ese ser humano. Si esto es así, ¿cómo se podría justificar la destrucción (aborto, directamente intentado como fin o como medio) de un embrión humano? 

En muchas oportunidades se pretende justificar el aborto como ‘un derecho’ de la mujer embaraza para tomar decisiones sobre su propio cuerpo. Al respecto, es necesario tener presente que se está ante una nueva vida, que es un don de Dios. Por lo que esa nueva vida humana es distinta de la madre y, por ello, ‘ya no es su cuerpo’ y no puede disponer de ella como si no fuera una vida humana. La mujer embaraza ‘no tiene derecho’ para realizar un aborto directamente intentado, como fin o como medio. 

La persona, el hombre, no lo es porque otro hombre (o una ley humana) así lo acepte. La existencia de un ser humano (niño o anciano) en cuanto tal no depende del reconocimiento o no de los demás hombres. La existencia ontológica de la vida humana es independiente de una determinación legal. Es inadmisible afirmar que el embrión o el feto sería un ser humano siempre y cuando la madre o la ley, por ejemplo, acepten que lo fuera, de lo contrario, si no lo reconocieran como tal, no lo sería. “El derecho a la vida permanece íntegro en un anciano, por muy reducido de capacidad que esté; un enfermo incurable no lo ha perdido” (Declaración sobre el aborto provocado, n. 12). 

El embrión desde sus primeros momentos posee ya su propio, único e irrepetible ADN. El cual será el mismo a lo largo de toda la vida de la persona, tenga cinco años como 80. Incluso después de muerto se puede obtener las características del ADN e identificar a quién pertenecen esos restos óseos, por ejemplo. Esto quiere decir, que, como sostiene la ciencia genética moderna, en el embrión desde su primer instante “queda fijado el programa de lo que será este ser viviente: un hombre, individual, con sus notas características ya bien determinadas” (Declaración sobre el aborto provocado, n. 13). 

Es loable que un Gobierno ayude económicamente a las madres que se encuentran ya con un embarazo de tres meses. Lo cual significa que tal Gobierno reconoce que, al menos desde los tres meses de embarazo, una mamá lleva en sí un ser humano y, por ello, la ayuda en su gestación para que pueda desarrollarse normalmente. Si esto es así, ¿cómo se podría justificar el asesinato (aborto, directamente intentado como fin o como medio) de un ser humano de tres meses de vida, amparándose en una posible ley promulgada por ese mismo Gobierno? 

Somos testigos del crecimiento positivo de importantes manifestaciones en el mundo que expresan su apoyo para la salvación de especies animales en vías de extinción o para cuidar el medio ambiente, como así también su disconformidad contra la pena de muerte y las guerras. Y, por otra parte, también somos testigos de la contradicción de legislar para la protección de los animales en espera de su cría y, simultáneamente, legislar para destruir (legalmente) la vida humana en el seno materno. 

Conclusión 

12. He querido, en esta Carta Pastoral, expresarles de manera muy breve la concepción católica del hombre y de la vida. Católica, porque se trata de un argumento considerado desde la luz de la Revelación Divina, de la fe sobrenatural y según el Magisterio de la Iglesia. Asimismo, y por ello mismo, he manifestado aquellos aspectos y motivos que surgen de una interpretación objetiva de los datos de la naturaleza del hombre alcanzados con la luz de la razón. Las conclusiones a las que llega la fe y a las que llega la recta razón del hombre no se excluyen entre sí. Fe y razón son como las dos alas por las cuales nuestra inteligencia se eleva para alcanzar la verdad de las cosas. 

La Revelación divina nos muestra al hombre como creado a ‘imagen y semejanza de Dios’ y puesto en el ‘centro de la creación visible’. En otras palabras, todo el mundo visible está al servicio del hombre y para su bien. En el libro del Génesis leemos que Dios le dio al hombre la responsabilidad de usar (y no abusar) de la creación, custodiándola y velando por ella (Gn 1, 21. 28). Y el rey David expresa esto mismo afirmando que Dios hizo al hombre señor de la creación, poniendo todas las cosas bajo su dominio (Sal 8, 7). Por su parte san Pablo confiesa solemnemente que todo es de nosotros los hombres, nosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 22-23). 

Tal es la centralidad del hombre en la creación que ella misma “está aguardando con ardiente anhelo la manifestación de los hijos de Dios. [...] porque también ella misma será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rom 8, 19. 21-22). Porque por el pecado, el hombre usa (abusa) de ella en contra del fin para el cual fue creada y por eso ‘gime’ aguardando la manifestación del hombre regenerado por y en la gracia, hasta que todo sea recapitulado en Cristo y la creación de los cielos nuevos y la tierra nueva (cfr. Is 65, 17; 2 Pe 3, 13; Apoc 21, 1). En algunas ocasiones, este aspecto de la relación entre el ser humano y el resto de la creación no ha sido considerado suficientemente ni puesto en evidencia. 

La dignidad del ser humano tiene su fundamento no sólo por ser ‘imagen y semejanza de Dios’ y ser el centro de la creación visible sino también porque el Verbo de Dios asumió una naturaleza humana y se hizo hombre para redimir al hombre. Haciéndose en todo igual a nosotros, excepto en el pecado (Hebr 4, 15). 

13. Invito a todos los sacerdotes de la Diócesis que organicen, en sus Parroquias, especialmente durante los meses de mayo y junio turnos de adoración al Santísimo Sacramento y rezo del Santo Rosario para pedir a Dios que tenga misericordia de nosotros y bendiga nuestra Diócesis concediéndonos el don de la fidelidad. 

De modo particular, que los niños que harán la primera comunión este año en la adoración al Santísimo Sacramento y en el rezo del Santo Rosario pidan a Dios que ilumine y fortalezca a nuestros legisladores para que, invocando a “Dios fuente de toda razón y justicia”, legislen según el orden natural y para el Bien Común de nuestra Patria. 

Supliquemos a Dios que nos de la gracia a todos de perseverar en la fidelidad a sus mandamientos y que estemos dispuestos a dar la vida por ellos, como lo han hecho siempre los cristianos en la historia de la Iglesia. 

Convencidos con san Pablo que “los sufrimientos del tiempo presente no guardan proporción con la gloria que se debe manifestar en nosotros” (Rom 8, 18). Sabiendo que “nuestras tribulaciones, leves y pasajeras, nos producen eterno caudal de gloria, de una medida que sobrepasa toda medida” (2 Cor 17).

El tiempo de Pascua nos invita a tener como horizonte la vida y no la muerte. Favorecer la vida desde su inicio. Defenderla, darle un sentido nuevo, ya que en Cristo tenemos la Vida verdadera: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25). Porque Él vino “para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). 

Que Dios me los bendiga a todos en Cristo y María Santísima, 

Mons. Pedro Daniel Martínez,obispo de San Luis


 

Navidad 2012

Mensaje de Mons. Pedro Daniel Martínez P., obispo de San Luis para la Navidad 2012 (diciembre de 2012) 

Otro año nos une el Niño Jesús en el pesebre. Otro año nos une el Misterio de Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, de la ‘eternidad que se hace tiempo’. Otro año nos unimos en la Solemnidad de la Navidad. Y no por recordarlo cada año deja de ser un gran Misterio. Tan misterioso, además, que ha dividido la historia en un antes y un después de esta realidad. Así hablamos, por ejemplo, de Alejandro Magno que vivió en la primera mitad del año 300 a.C. para indicar que se trata del rey de Macedonia 300 años antes del nacimiento de Cristo. Y el 2013, que pronto comenzará, indica el número de años después del nacimiento de Cristo. 

En el Año de la Fe renovemos la adoración de este Misterio. Como lo hicieron san José, la Virgen María, los ángeles y los pastores. “Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor” cantaron los ángeles. Primero “Gloria a Dios”. Reconozcamos el amor de Dios por nosotros los hombres. Adoremos a ese Niño que es Dios. La consecuencia de ello es “paz a los hombres”. La paz como fruto del reconocimiento de la soberanía de Dios. 

Recibamos el Niño Dios en nuestro corazón y en nuestras casas y tendremos paz. Un recuerdo especial a los padres de familia, para quienes cada hijo que reciben es aceptar a Jesucristo en sus vidas, porque: “el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado” (Mc 9, 37). Cada niño espera que lo amen y lo eduquen como si fuera otro Jesús. ¡Se trata de una responsabilidad enorme! ¿Piensan que tendrán que dar cuenta como padres al mismo Dios? ¿Se preocupan por la formación de sus hijos teniendo en cuenta una educación humana y cristiana? 

Tiempo de Navidad es un tiempo particular para dialogar en familia, saberse perdonar, rezar juntos. Que esta Navidad sea un encuentro de familia, en donde la fe ponga la esperanza y cada uno su esfuerzo para que cada hogar se transforme en un nuevo Belén. 

Tiempo de Navidad es un tiempo para ‘mirar hacia lo alto’. Así como hicieron los reyes magos quienes no bajaron sus miradas y siguiendo ‘la estrella’ se postraron y adoraron al Niño Jesús, del mismo modo también nosotros vivamos según la ley y los mandamientos que nos da Dios ‘desde lo alto’ para nuestro bien y felicidad. 

Les deseo sinceramente a todos los hogares de San Luis que la paz que irradia el pesebre de Belén llegue a todos. Feliz Navidad. 

Mons. Pedro Daniel Martínez P., obispo de San Luis

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